El presidente Duarte Frutos se encargó de desmentir que la libertad del general Oviedo fue una decisión tomada por un sistema de justicia independiente. Esta decisión se parece mucho a los juegos del aprendiz de brujo, que no supo cómo devolver a la galera los conejos que había extraído de ella.
A Duarte Frutos le puede ocurrir lo que al aprendiz de brujo: que no sea capaz de encontrar la fórmula mágica para devolver a la galera el conejo que había extraído de ella. El poner en libertad a Oviedo -sólo un ingenuo puede creer que la decisión fue tomada por el Tribunal Militar de manera independiente- puede confirmar, una vez más, la exactitud de este cuento popular.
Parece muy obvio que Oviedo fue puesto en libertad después de una negociación cuyo contenido desconocemos. En cuanto a que la decisión fue tomada por la justicia con entera autonomía, ello fue desmentido categóricamente por el propio Duarte Frutos cuando afirmó que la decisión fue tomada por la justicia con entera autonomía. No descarto, porque nunca falta algún opa, que haya quien se lo crea.
Los chupamedias suelen cortejar el axioma de que Duarte Frutos es infalible en cuestiones políticas, así como lo es Su Santidad, el Papa, en cuestiones teologales. De acuerdo con esa superstición, esta jugada (nada sorpresiva, porque se la venía anunciando hace meses) le saldrá bien, y le permitirá meter el gol en el momento en que lo necesite.
Puede ser. A estos fundamentalistas del nicanorismo les recuerdo que el fracaso del proyecto reeleccionista fue responsabilidad exclusiva del presidente. En su frenesí por obtener un nuevo mandato se movió con la delicadeza de un elefante ciego, ebrio y asustado en medio de una cristalería. Así logró el resultado exactamente opuesto al deseado. Hasta ciertos senadores liberales, que ya se veían contando los billetes prometidos, huyeron despavoridos para no ser convertidos en cenizas por el incendio.
Así las cosas, y con la cancha embarrada, nadie sabe lo que va a pasar. Empero, tal vez podamos conjeturar lo que no va a pasar. Primero, por supuesto, la reelección de Duarte Frutos. Segundo, que Oviedo llegue a la presidencia de la República. Tercero que la justicia pronuncie un fallo independiente en el caso Lugo. Cuarto, que el sentido común (el menos común de los sentidos) se instale en la oposición y la paz vuelva a los espíritus atormentados.
Después de estas imposibilidades, puede ocurrir cualquier cosa: entre ellas, que la Corte Suprema de Justicia designe a Duarte Frutos sultán de Turquía y obispo de Lieja. Eso, si él no prefiere el cargo de emir de Bagdad, aunque debemos suprimir esta hipótesis, debido a las condiciones insalubres que prevalecen en esta ciudad.
Mientras tanto, Duarte Frutos se encarga de añadir cada vez más confusión al escenario. Entre otras cosas, ha echado a rodar una campaña publicitaria por televisión que promueve la figura del ingeniero Paul Sarubbi como si este fuera el verdadero candidato a presidente de la República. El hecho de arrojar centenares de millones de guaraníes de dinero del dinero público para promocionar el rostro de un funcionario, constituye una grosería en un país sumergido en incontables necesidades. Dicho sea de paso, esta campaña contrasta con la relativa prudencia de Víctor Bernal, director de Itaipú, cuya publicidad es generalmente institucional y, en todo caso, referida al presidente.
Así las cosas, nos aproximamos a la recta final, donde ya no se podrán rectificar las torpezas, ni aunque se quiera hacerlo. Ni Duarte Frutos, ni Oviedo, Ni Lugo, ni nadie. Claro, llegará el momento en que uno cae en la tentación de mirar hacia atrás y comprobar que ha metido la pata escandalosamente. Será entonces el momento de recordar el proverbio cervantino "tarde piaste" que, en el español paraguayo fue convertido en un rotundo "tarde piancho".
(ABC - 9-09-2007).
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