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Ella, la casquivana



    Ella es esbelta, y sus húmedos ojos soñadores tienen  un vago color topacio, que luce dignamente bajo su pelo aleonado. De cuerpo ágil y proporcionado, sus movimientos ágiles y elegantes revelan el hábito de quien disfruta con frecuencia del aire libre. Lo diré de una sola vez: es bella. La mantuve todos estos años bajo mi mirada atenta y vigilante, cuidando de poner distancia de los gavilanes del barrio, que la miraban, estoy seguro, como la pieza más codiciada de la colección de conquistas.

    Cuando noté que el instinto podía más que la razón, no tuve más remedio que elegir el menor de los males. Entonces, como corresponde a un padre responsable, hasta desempeñé, sin vergüenza, el grosero papel de la Celestina: puse un galán en su camino. Fue el mejor que estuvo a mi alcance, y eso después de largas y acuciosas investigaciones. Por fin, lo encontré. Rubio, apuesto, de ojos claros, atlético, viril. ¿Qué más podría pedir? Todo un macho de “pedigree”, con más pergaminos que el duque de Edimburgo y la duquesa de Alba. Una mezcla de Mel Gibbson y Antonio Banderas, todos en uno.

   ¿Quiere creerme, amigo, que ella ni siquiera se dignó ofrecerle un gesto amable, por lo menos como muestra de buena educación? Nada. Le rehuyó. Le gruñó. Le despreció. No loe permitió acercarse a medio metro. Su hostilidad fue simplemente insultante, sin hablar de la humillación por la que yo mismo tuve que pasar. Así naufragó vergonzosamente mi papel de Celestina. Tuve que disculparme, con humildad, por tan groseros desplantes.

  Pero he aquí que, de pronto, aprovechando mi ausencia, ella clavó su mirada en un sujeto - ¿de qué otro modo podría llamarlo?- sin linaje ni modales, un orillero de malas trazas, un paradigma del medio pelo, un “apelechado” de órdago. Pues bien, fue a él, un sujeto que sólo podría servir como peajero o caballo loco, un tortolero de calles suburbanas, a quien ella se entregó, feliz y apasionada, en una siesta secreta y ardiente.
    Como ocurre siempre, me pasó lo que a toda víctima de un engaño: fui el último en enterarme.
Protesté, grité, insulté. Pero el estallido de mi cólera fue, más que inútil, ridículo. Ya no había nada que hacer. El crimen estaba consumado.
¿Debo confesar mi vergüenza hasta el final? Lo haré ¿qué otra cosa me queda? Pues bien, ella quedó embarazada de aquel sujeto mugriento y pulgoso. Y no me hubiera enterado nunca de sus pecados si no fuera porque ella comenzó a engordar sospechosamente. Hasta que al fin, en una de estas noches lluviosas y pobladas de relámpagos, dio a luz en un rincón de la casa, donde buscó refugio.
    Me falta aclarar, pero usted ya lo habrá adivinado, que se trata de mi perra Luna. Una adorable Cocker Spaniol de pura raza, que pertenece nominalmente a mi hija, pero de quien suelo ocuparme con más frecuencia de la aconsejable. Esta relación tuvo sus consecuencias. Admito que la he consentido más de la cuenta, y que esta debilidad me ha sometido a muchos de sus caprichos; incluso al mordisco que le dio al galán que yo había elegido para ella, un macho cuya genética superaba las más exigentes expectativas. Un individuo registrado en el Kennel Club.
    Luna confirmó lo que ya se sabe desde hace milenios, hasta el punto de que encontró un sitio en la Biblia: comprender a una mujer es hazaña de magos, locos o profetas. Es virtud ajena a la condición humana, y más propia de arúspices y clarividentes. ¿Cómo saber lo que quiere una mujer? ¿Cómo anticiparse a sus disgustos, a sus estallidos, a sus picos de afecto o de malestar? Nadie lo ha descubierto hasta hoy. Y allí queda Luna, rodeada de sus cachorritos, como prueba indiscutible de esta verdad universal.