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La flauta de Hamelín vuelve a sonar



El flautista de Hamelín, personaje mítico de la Edad Media, reapareció en Asunción. Ahora, en vez de estimular a las ratas a que se arrojen al despeñadero, empuja a los líderes opositores a despedazarse unos a otros. El destino de estos será idéntico al de los roedores que infestaban el pequeño pueblito medieval.

con inquietante insistencia la fantástica historia del flautista de Hamelín. Para quienes no la recuerden, la resumo en pocas palabras: una pequeña ciudad del Norte de Alemania había sido tomada por asalto por las ratas, y el alcalde se veía impotente para organizar la defensa. Los voraces roedores se comían todo lo que encontraban a su paso: comida, desperdicios, plantas, flores, animales domésticos, las cunas de los niños y hasta el sombrero y la vara ceremonial del alcalde. En algún momento se devoraron, en un santiamén, a los dos faisanes del cura párroco.

Un día llegó a la ciudad un sujeto misterioso, que se presentó como el Flautista Mágico. Pálido como un cadáver, dueño de un par de penetrantes ojos azules, venía envuelto en una capa de cuadros rojos y amarillos. Una vez ante el alcalde, le dijo que poseía la fórmula para expulsar las ratas de la ciudad. A cambio, pedía el pago de ciertos honorarios, que al principio los notables del pueblo encontraron algo abultados. Ya comenzaban a regatear cuando un criado llegó a la carrera gritando que las ratas se habían comido el altar de la iglesia y el manto de la Virgen María. Al punto, aceptaron los honorarios.

El hombre extrajo una flauta de su morral y comenzó a soplar, arrancándole una extraña y fascinante melodía. Pronto, las ratas fueron congregándose alrededor, formando una multitud grisácea y movediza, que demostraba su placer con un escalofriante entrechocar de sus incisivos. El hombre, sin dejar de tocar, se encaminó hacia las afueras, hasta llegar a un abrupto despeñadero. Agregó unas cuantas notas, algo más suaves que las anteriores, y las ratas comenzaron a arrojarse al abismo, hasta no quedar ni una sobre la superficie.

La historia agrega la inevitable ingratitud. Los notables comenzaron a encontrar exagerado el pago, a oponer pretextos, a criticar al flautista y hasta a negarle sus aptitudes. Terminaron por ordenarle salir de la ciudad. Ofendido, el flautista volvió a tocar el extraño instrumento. Todos los niños se reunieron alrededor de él y, sin dudar, lo acompañaron hasta el abismo, al que se arrojaron sin titubear.

Esta vez, el sujeto ha llegado a Asunción, e interpreta la melodía desde Mburuvicha Róga. Ya ha logrado que los políticos, aunque afirmen oponerse, se concentren alrededor de él, absortos y maravillados. La melodía hace que todos bailen al son de la música del Flautista Mágico. Ella tiene un efecto, provocado por algunos semitonos de la flauta, que no se habían producido en Hamelín. Fascinados por el sonido, todos se sienten poseídos de una extraña ferocidad que los arroja unos contra otros. Aquí, Pedro Fadul le tira un petardo a Mateo Balmelli; Allá, Yoyito Franco le pone una zancadilla a Blas Llano; Lino Oviedo y Fernando Lugo se increpan mutuamente. En verdad, el efecto de la flauta es admirable. Aquí un insulto, allá una acusación; aquí, un golpe al bajo vientre, allá un pisotón al callo más doloroso. Pero, eso sí, sin dejar de disputar y de propinarse codazos y puntapiés, la multitud camina disciplinadamente hacia el sitio señalado por el músico.

Al final, la historia se repetirá con todos sus detalles. El flautista indicará a la multitud el sitio exacto donde ella deberá arrojarse; un abismo oscuro y profundo. Las notas -el propio flautista me lo ha contado en confidencia- añadirán a la ferocidad mutua un peligroso optimismo: todos creerán que saldrán del fondo sin dificultades. Pero esa confianza también les será inducida por ciertas notas de la flauta maravillosa, que seguirá sonando cuando todos ellos hayan desaparecido.

(23-09-2007)