A raíz del cierre de la azucarera de Carapeguá, el presidente Duarte Frutos decretó la guerra a muerte contra el contrabando. Para ello, ordenó la movilización de las divisiones blindadas, la flota submarina, la escuadrilla de globos aerostáticos y el escuadrón de lanzadores de mbocavichos y rompeportones de Luque.
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A veces me asalta la insistente sospecha de que el presidente Duarte Frutos realmente cree en las cosas que dice. Son, lo admito con humildad, momentos de flaqueza espiritual de los que me recupero inmediatamente, no sin antes pellizcarme un brazo. Aunque, quién sabe, tal vez su capacidad de persuasión tiene en él mismo a su primer convencido.
Me explico. Hace algunos días, el presidente impartió una orden fulminante: el contrabando deberá ser atacado inmediatamente por tierra, mar y aire. Para ello, cursó precisas instrucciones a las unidades de tanques, a la flota submarina, al sistema de armas de disuasión nuclear, a las unidades de misiles intercontinentales, a la escuadrilla de globos aerostáticos, a la batería de misiles antimisiles Patriot, al pelotón de lanzallamas, al batallón de lanzadores de mbocavichos y rompeportones de Luque, a los macheteros de Santaní y a la briosa y temeraria unidad de honditeros de Isla Valle. El Paraguay completo fue puesto en pie de guerra.
La voz de alarma fue emitida a raíz del cierre de la Azucarera de Carapeguá. Horror. Las sombras del mariscal López, del general José Díaz, de Yacaré Valija, Mburika´i, León Karé y Avión Pyta se sacudieron, sobresaltadas, en sus tumbas. ¿Contrabando? El Paraguay no puede tolerar semejante afrenta a su honor. Toda medida represiva será poca para hacer frente a este desafío que ataca nuestra economía, destruye el mercado laboral, corroe la moral pública y privada y debilita las instituciones republicanas.
Me pareció entender que el gobierno iba a emprender una brava campaña para arrojar al agua, para que lo coman las pirañas, a tan artero enemigo del Paraguay. El anuncio fue recibido con una salva de pipus, hurras y cohetes tres por tres por un público entusiasta, atiborrado de aduaneros, inspectores de Hacienda, giradores y administradores de instituciones públicas y otros próceres de la nación.
Algunos sollozaban, emocionados. Otros se golpeaban furiosamente el pecho, prorrumpiendo en estentóreos "mea culpa, mea culpa". No faltó quien arrojara pétalos de rosas al palco oficial, en señal de apoyo, y hasta hubo quien, sin entender bien lo que pasaba, comenzó a hacer hurras a la reelección de Nicanor. Por cuatro periodos consecutivos, cuanto menos.
Como anticipé, yo mismo caí presa del hechizo de la pulida y elegante oratoria del presidente, pródiga en metáforas cervantinas, como las prodigadas recientemente en un acto político en Belén. Es que, en la milenaria cultura tupí-guaraní, pronunciar una palabra implicaba materializar el objeto nombrado. Como buen exponente del Paraguay profundo, lo que hizo el presidente no fue otra cosa que confiar en las virtudes mágicas de la voz humana. Exactamente como lo hacían los shamanes del Paraguay precolombino que, cuando decían carpincho o tapití, el carpincho y el tapití aparecían al punto ante sus narices.
Como yo también vengo del mismo Paraguay, no pude menos que esperar pacientemente que, como consecuencia inmediata del anuncio presidencial, lloverían órdenes de detención de altos funcionarios del gobierno, comisarios, dirigentes políticos, empresarios conocidos, inspectores, vistas y valoradores aduaneros. Faltarían jaulas para albergar a tan selectos huéspedes.
Simultáneamente, como parte de la campaña, serían llevados a remate, solo en la primera semana, por lo menos un centenar de camiones rolleros, y una docena de camiones repletos de "cedés" serían interceptados, unos tras otros. Al mismo tiempo, una cincuentena de depósitos, propiedad de capos de la política y de la administración, serían allanados por policías y soldados armados de bazukas, ametralladoras y lanzacohetes.
Luego, como broche de oro, todos los casos irían a parar a la justicia, donde jueces implacables y fiscales patriotas dictarían largas condenas a la caterva de pillos que viven del contrabando. Por supuesto, lo harían después de rechazar, altiva y decorosamente, las estimulantes ofertas de los atorrantes. Antes morir que venderse.
Sé que usted, amigo, comparte mi mismo optimismo. Y lo comprendo. Al fin de cuentas, como decía el Negro Olmedo, todo es cuestión de fe.
(2-09-2007).
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