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La espesa sombra de López



La del 70 fue una guerra como casi todas las del siglo XIX: sanguinaria, cruel y tal vez innecesaria. Pero ella nos dejó un debate que sigue dividiendo a los paraguayos en lopiztas y antilopistas. La discusión dista mucho de ser objetiva, y discurre sobre antinomias irreductibles: bueno-malo, justo-injusto. Por eso, para unos, López es el arcángel del señor; para otros, el emisario del demonio.

Si hay un asunto sobre que detesto debatir es acerca del mariscal López. Su nombre divide a los paraguayos desde el siglo XIX y ha desatado las más arduas e irracionales polémicas de nuestra historia. Todas ellas al margen del razonamiento lógico, al costado del sentido común, en la trastienda de los hechos. Es que con López no hay términos medios: se está ciegamente a favor o se está cerradamente contra él.

No se trata de algo que pertenece definitivamente al pasado. Aun hoy, su sola mención levanta posiciones encontradas. Sin ir más lejos, senadores de una misma bancada se enfrentaron a raíz de una recordación a los niños de Acosta Ñú. Se llegó a comparar a López con Hitler, lo cual parece algo más que forzado. Al mismo tiempo, parece que el gerente argentino de un canal de televisión asunceno no permitió la publicidad de un programa en el que se iba a tratar el caso de esa batalla.

Lo que sorprende es que toda discusión prescinde de las circunstancias objetivas, y se zambulle en el mundo de las conjeturas y las suposiciones. Donde faltan hechos, la imaginación les agrega los elementos que faltan, como un rompecabezas incompleto. De esta manera, el mismo personaje histórico será presentado como un santo ecuestre esgrimiendo una espada resplandeciente o un monstruo diabólico dispuesto a calcinarnos con una bocanada de fuego.

Es más grave que López, un caudillo del siglo XIX, haya sido empleado como elemento legitimador de varias dictaduras del siglo XX. Las circunstancias extraordinarias por las tuvo que pasar, que le impulsaron a tomar una serie de decisiones, muchas de ellas brutales y probablemente equivocadas, fueron utilizadas para justificar acontecimientos que, dentro del contexto de otra época, resultaban obviamente desproporcionados.

Parece, pues, muy difícil juzgar a López según métodos provenientes de la investigación histórica. Se ha preferido, por tanto, analizarlo a la luz de antinomias morales: bueno-malo, justo-injusto. El método ha sido, de esta manera, invariablemente el mismo: primero se toma partido, a favor o en contra. Y después se buscan los argumentos para justificar una u otra posición.

De esa manera es difícil echar luz sobre lo acontecido. Al politizar la historia, los hechos se deforman inevitablemente. Y conste que allá por la década de 1920, varios legisladores liberales, entre ellos Justo Pastor Benítez, intentaron sacar a López del terreno de la polémica; el propio Manuel Gondra fue inspirador de ese punto de vista. Pero no tuvieron suerte, y López siguió siendo un factor de separación ideológica y emocional entre los paraguayos.

Por eso todavía hoy es imposible poner las cosas en su justo medio, y juzgar los hechos con devoción a la verdad, antes que con amor u odio hacia algunas de las partes. López no fue, sin duda, San Francisco; pero sus enemigos tampoco fueron los arcángeles del Señor. Los demuestran hechos como el incendio del hospital de Piribebuy, la esclavización de los prisioneros de Uruguayana y el degüello de prisioneros todas las veces que pudieron.

La del 70 fue una guerra como casi todas las del siglo XIX: sanguinaria, cruel y tal vez innecesaria. Sobre ella, entrego una confesión: no creo que López haya sido un genio militar, ni que la conducción política que desencadenó el conflicto haya sido acertada. Pero, de alguna extraña manera, este hombre se ha encarnado en nuestros más secretos sentimientos, que nos exigen aceptarlo íntegramente, aun con sus torpezas y sus crueldades. Y que, ante el alud de razones de quienes quieren enterrar a quien está enterrado desde hace casi un siglo y medio, rehusamos contestar con otros tantos argumentos. Preferimos, simplemente, invitarles a que se vayan al demonio.

(19-VIII-2007).