El incendio que arrasó los boques de buena parte del Norte de la Región Oriental son la consecuencia de una peversa combinación de ignorancia, desidia y corrupción. Por una parte, se persiste en prácticas arcaicas de manejo de campos y, por otro, se las acepta con indiferencia desde el EStado.
La calamidad que castiga al Norte del país, con características de castigo bíblico, es el producto de una combinación perversa de ignorancia, necedad y corrupción. Las consecuencias serán padecidas, como siempre, por toda la población, que ahora mira horrorizada cómo inmensas riquezas naturales se están convirtiendo en cenizas.
Por un lado, los ganaderos tradicionales persisten en la práctica de quemar los pastizales, porque la experiencia les ha mostrado que las vacas gustan del pasto tierno que crece después de la quemazón. A nadie se le ocurrió pensar que el fuego quema también los nutrientes de la tierra, mata a los animales que forman parte del ecosistema y destruye los pocos reductos del monte. Aquellos que todavía no fueron pelados por los brasileños.
Por otro lado, tenemos un gobierno que no tuvo, no tiene y probablemente no tendrá una política ambiental, de defensa de estos recursos, de sanción a los infractores y de educación general. Generalmente, los que pasan por los cargos en que estas políticas son diseñadas y ejecutadas son leales correligionarios que se encargan de traficar con las guías de traslado y alcanzar la prosperidad a la que tienen legítimo derecho, porque ven a los que están más arriba hacer exactamente lo mismo.
Por eso, cada agosto el cielo se oscurece con la bruma desatada por los incendios. Hasta donde yo sé, nunca fue reprimida esta práctica arcaica, que coloca a parte de nuestra ganadería en un nivel técnico equivalente a la que practicaban los antiguos sumerios. O quizá antes, porque los sumerios habían desarrollado algún que otro sistema de regadío.
Sólo que esta vez, la misma naturaleza se encargó de jugarnos una mala pasada. La quemazón comenzó con una larga sequía, con picos de calor y con un irritante predominio de viento Norte, el mismo que nos pone de mal humor. El resultado fue que el problema se volvió incontrolable. El gobierno, como no podía ser de otra manera, carecía de políticas para enfrentar este fenómeno, que se viene repitiendo desde que un tal Gaete trajo los primeros animales vacunos en el siglo XVI.
Pero esta vez, los daños dejaron atrás todo lo previsible. Un ganadero de Caaguazú, el señor Smith Kennedy, pereció en el intento de defender su patrimonio, amenazado por las llamas. Deja viuda e hijos, que seguramente se preguntarán por qué deben pagar el precio de la estupidez ajena. Numerosos refugios forestales fueron arrasados por el fuego, y el empobrecimiento ecológico del Paraguay sufrió un inesperado aceleramiento. Quién sabe cuántas décadas se tardará para recuperar lo perdido, suponiendo que haya alguien que demuestre interés en lograrlo.
El fuego pasará alguna vez, porque toda calamidad termina así como comenzó. Pero dejará un país más pobre, más arrasado, con menos perspectivas que antes. Un país donde encontrar una reserva forestal será tan difícil como encontrar un político con visión de patria.
Los bomberos voluntarios encontraron vestigios de que los incendios fueron provocados. ¿Es que puede haber alguna duda de eso? Las antorchas halladas en algunos lugares no hacen sino confirmar que todo este desastre es el producto de la intervención humana. Y que, como siempre, la ignorancia hizo de las suyas. Pero a un precio inesperado, que quizá sirva para sacudirnos de la necedad, de la imprevisión y, de seguro, de la complicidad.
(ABC 16-09-2007)
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